DAÑO CEREBRAL ADQUIRIDO

GILGUT Psicólogos

10/10/20257 min read

El daño cerebral adquirido (DCA) aparece de forma brusca y cambia la vida de la persona sin previo aviso. Un ictus, un traumatismo craneoencefálico, una anoxia, una infección o un tumor pueden alterar funciones que hasta ese momento se daban por sentadas: hablar, reconocer, planificar, moverse, recordar o regular las emociones.

Lo más difícil del DCA no es solo la lesión en sí, sino la distancia entre lo que la persona era antes y lo que ahora puede hacer. El daño no afecta únicamente a funciones aisladas; impacta en la identidad, la autonomía, las relaciones y la forma de estar en el mundo.

Qué entendemos por daño cerebral adquirido

Hablamos de DCA cuando existe una lesión cerebral sobrevenida (no congénita) que produce cambios cognitivos, conductuales, emocionales y/o físicos. A diferencia de otros trastornos, aquí hay un “antes” y un “después” claramente diferenciados.

Las causas más frecuentes incluyen:

  • ictus isquémicos o hemorrágicos

  • traumatismos craneoencefálicos

  • paradas cardiorrespiratorias (anoxia)

  • tumores cerebrales

  • infecciones del sistema nervioso central

El impacto dependerá de la localización, la extensión del daño, la edad, el estado previo y la rapidez de intervención.

Más allá de lo visible: déficits cognitivos frecuentes

Muchas secuelas no son evidentes a simple vista. Una persona puede caminar, hablar aparentemente bien y, aun así, tener dificultades profundas para desenvolverse en su vida diaria.

Entre los déficits más habituales encontramos:

  • problemas de atención

  • alteraciones de la memoria

  • dificultades en funciones ejecutivas

  • trastornos del lenguaje

  • alteraciones perceptivas (agnosias)

  • cambios emocionales y conductuales

Estas dificultades no suelen aparecer aisladas; se combinan y se influyen entre sí.

Afasias: cuando el lenguaje se ve afectado

Las afasias son trastornos del lenguaje causados por daño cerebral, generalmente en el hemisferio izquierdo. No implican pérdida de inteligencia, sino dificultad para usar o comprender el lenguaje.

Algunas de las más frecuentes son:

Afasia de Broca

La persona entiende relativamente bien, pero le cuesta expresarse. El habla es lenta, esforzada, con frases cortas y agramaticales. La persona suele ser muy consciente del problema, lo que genera frustración.

Afasia de Wernicke

Aquí el habla es fluida, pero carece de sentido. La comprensión está alterada y la persona suele no ser consciente del error, lo que dificulta la comunicación y la rehabilitación.

Afasia global

Se afectan tanto la comprensión como la expresión. Es una de las formas más graves y suele aparecer tras lesiones extensas.

Afasia anómica

La principal dificultad es encontrar palabras, especialmente nombres. La persona “sabe lo que quiere decir”, pero no logra acceder al término adecuado.

Las afasias no solo dificultan la comunicación; afectan a la autonomía, al rol social y a la autoestima. Por eso su abordaje suele ser prioritario en rehabilitación.

Agnosias: cuando el cerebro ve, oye o siente… pero no reconoce

Las agnosias son alteraciones del reconocimiento. Los órganos sensoriales funcionan, pero el cerebro no logra interpretar correctamente la información.

Algunos ejemplos frecuentes:

Agnosia visual

La persona ve el objeto, pero no lo reconoce. Puede describir sus características (forma, color), pero no identificar qué es o para qué sirve.

Prosopagnosia

Dificultad para reconocer rostros, incluso de personas cercanas. Esto genera confusión social y aislamiento, aunque la persona conserve otras vías de reconocimiento (voz, forma de caminar).

Agnosia auditiva

Problemas para reconocer sonidos, a pesar de que la audición esté intacta.

Agnosia táctil (astereognosia)

Dificultad para identificar objetos a través del tacto sin apoyo visual.

Estas alteraciones suelen ser muy incomprendidas por el entorno, porque “desde fuera parece que la persona ve y oye bien”.

Apraxias: cuando el cuerpo no ejecuta lo que la mente sabe

Las apraxias implican dificultades para realizar movimientos aprendidos, aunque no exista parálisis ni pérdida de fuerza.

Ejemplos comunes:

  • dificultad para vestirse correctamente

  • problemas para usar objetos cotidianos

  • errores al realizar secuencias de acciones

  • desorganización motora en tareas conocidas

La persona sabe qué quiere hacer, pero no logra coordinar el movimiento de forma eficaz.

Alteraciones de atención y funciones ejecutivas

Son de las secuelas más frecuentes y más incapacitantes:

  • dificultad para mantener la atención

  • problemas para cambiar de tarea

  • lentitud mental

  • dificultad para planificar

  • impulsividad

  • problemas para organizar el día a día

  • dificultad para anticipar consecuencias

Estas funciones dependen en gran medida de redes frontales y subcorticales. Cuando se alteran, la persona puede parecer “desorganizada”, “irresponsable” o “poco colaboradora”, cuando en realidad hay un déficit neurocognitivo real.

Memoria: no siempre es “olvidar”

En el DCA pueden aparecer distintos problemas de memoria:

  • dificultad para aprender información nueva

  • olvidos rápidos

  • confusión temporal

  • problemas para recordar secuencias

  • fallos en la memoria prospectiva (recordar hacer cosas)

No siempre se pierde la memoria pasada. A veces lo que falla es la capacidad de consolidar nueva información, lo que genera gran dependencia del entorno.

Cambios emocionales y conductuales

El DCA no solo afecta a lo cognitivo. Es muy frecuente observar:

  • irritabilidad

  • impulsividad emocional

  • apatía

  • desinhibición

  • cambios de personalidad

  • baja tolerancia a la frustración

  • síntomas depresivos o ansiosos

  • conciencia parcial o nula del déficit (anosognosia)

Estos cambios suelen ser los más difíciles de manejar para las familias, porque alteran la convivencia y el vínculo afectivo.

El impacto psicológico del “antes y después”

Muchas personas con DCA atraviesan un proceso de duelo complejo: no solo por lo perdido, sino por la persona que ya no pueden ser como antes. Aparecen preguntas como:

  • “¿Por qué a mí?”

  • “Ya no soy el mismo”

  • “Dependo de otros”

  • “He perdido mi rol”

Este duelo no siempre se expresa con tristeza; a veces aparece como enfado, apatía o resistencia a la rehabilitación.

La rehabilitación: un proceso, no un evento

La intervención en DCA suele ser multidisciplinar e incluye:

  • rehabilitación neuropsicológica

  • logopedia

  • fisioterapia

  • terapia ocupacional

  • apoyo psicológico

  • intervención con la familia

El objetivo no siempre es “volver a como antes”, sino maximizar autonomía, compensar déficits, adaptar el entorno y mejorar calidad de vida.

La rehabilitación es un proceso largo, con avances y retrocesos, que requiere expectativas realistas y apoyo sostenido.

¿En qué consiste la intervención neuropsicológica en el daño cerebral adquirido?

La intervención neuropsicológica no busca “entrenar el cerebro” de forma genérica ni recuperar funciones de manera aislada. Su objetivo principal es mejorar el funcionamiento cotidiano de la persona, partiendo de una evaluación detallada de sus capacidades actuales, de sus limitaciones y de su contexto vital.

El trabajo se organiza en varios niveles:

1. Evaluación y formulación del perfil neuropsicológico

Antes de intervenir es imprescindible comprender:

  • qué funciones están alteradas y en qué grado

  • qué capacidades se mantienen preservadas

  • cómo impactan los déficits en la vida diaria

  • qué nivel de conciencia del déficit tiene la persona

  • qué demandas reales tiene su entorno (hogar, trabajo, autonomía)

No todas las afasias, agnosias o alteraciones ejecutivas requieren la misma estrategia. La intervención se diseña a medida, no por diagnóstico.

2. Restauración, compensación y adaptación

La intervención combina tres tipos de estrategias, según el caso:

  • Restauración: Cuando es posible, se trabaja para mejorar directamente la función alterada (atención, memoria, lenguaje, planificación), aprovechando la neuroplasticidad, especialmente en fases tempranas.

  • Compensación: Cuando la función no puede recuperarse completamente, se enseñan estrategias alternativas: ayudas externas (agendas, alarmas, rutinas visuales), uso de capacidades preservadas, aprendizaje de nuevos modos de hacer las tareas.

  • Adaptación del entorno: A veces el mayor cambio no está en la persona, sino en modificar el contexto: reducir estímulos, estructurar tareas, simplificar instrucciones, ajustar expectativas y tiempos.

Estas tres vías no son excluyentes; suelen combinarse.

3. Intervención específica según el déficit

La intervención se ajusta a los principales cuadros:

  • Afasias: trabajo en comprensión, expresión, denominación y uso funcional del lenguaje, coordinado con logopedia.

  • Agnosias: entrenamiento en vías alternativas de reconocimiento y compensación contextual.

  • Apraxias: descomposición de tareas, aprendizaje secuencial y automatización progresiva.

  • Atención y funciones ejecutivas: entrenamiento en planificación, control inhibitorio, toma de decisiones y manejo del tiempo.

  • Memoria: estrategias de codificación, uso de apoyos externos y entrenamiento de memoria prospectiva.

El foco no está en “hacer ejercicios”, sino en transferir los avances a la vida real.

4. Trabajo con la conciencia del déficit

En algunos casos la persona no es consciente de sus dificultades (anosognosia) o las minimiza. Parte de la intervención consiste en:

  • aumentar conciencia de forma progresiva

  • prevenir situaciones de riesgo

  • ajustar expectativas

  • favorecer la colaboración en el proceso rehabilitador

Este trabajo se hace con cuidado, para no generar frustración innecesaria.

5. Abordaje emocional y adaptación psicológica

El DCA implica un proceso de adaptación emocional. La intervención neuropsicológica incluye:

  • manejo de frustración e irritabilidad

  • trabajo con la identidad y el “antes y después”

  • acompañamiento en el duelo por las pérdidas funcionales

  • prevención y tratamiento de síntomas depresivos y ansiosos

  • fortalecimiento de la autoestima y del sentido de competencia

Sin este abordaje, los avances cognitivos suelen estancarse.

6. Intervención con la familia y el entorno

La rehabilitación no funciona sin el entorno. Se trabaja con familiares para:

  • comprender las secuelas reales

  • ajustar la comunicación

  • evitar la sobreprotección o la exigencia excesiva

  • establecer rutinas claras

  • manejar la sobrecarga emocional

  • coordinar objetivos realistas

La familia también necesita orientación y apoyo.

7. Seguimiento y reajuste continuo

La intervención neuropsicológica no es lineal. Se evalúan avances, se reajustan objetivos y se adaptan las estrategias a medida que la persona cambia. El proceso puede ser largo y requiere flexibilidad y constancia.

La intervención neuropsicológica no busca que la persona vuelva exactamente a quien era antes del daño, sino que pueda vivir de la forma más autónoma y satisfactoria posible con su funcionamiento actual. El éxito no siempre se mide en recuperación completa, sino en calidad de vida, participación y adaptación.

Recuerda

El daño cerebral adquirido no define a la persona, pero la obliga a reconstruirse. No es solo una lesión neurológica, es una experiencia vital que afecta a la identidad, a los vínculos y al proyecto de vida.

Comprender los déficits —afasias, agnosias, apraxias y alteraciones cognitivas— es clave para intervenir con respeto y eficacia. La rehabilitación no borra el daño, pero abre caminos para vivir mejor con él.

Si este tema te toca de cerca, quizá el primer paso no sea exigir recuperación, sino entender el funcionamiento actual del cerebro y acompañar el proceso sin reducir a la persona a su lesión.