¿ES DUELO COMÚN O DUELO PATOLÓGICO?
GILGUT Psicólogos
1/11/20264 min read


Perder a alguien importante desestructura, desordena prioridades y deja un espacio que no se llena solo con el tiempo. El duelo no es una enfermedad, ni un fallo emocional, ni algo que pueda resolverse “poniendo de tu parte”. Es un proceso que implica integrar la ausencia y reorganizar la vida alrededor de ella.
Lo que complica las cosas es que no todos los duelos avanzan igual: hay duelos que, con el tiempo, se van acomodando, y duelos que quedan atascados, congelados o se transforman en algo muy distinto a lo esperado. Para entender esto es útil distinguir —sin patologizar— entre duelo común y duelo patológico.
El duelo común: dolor que se mueve
El duelo común es el que aparece tras una pérdida significativa y que, con el tiempo, va encontrando una dirección. No significa que sea fácil, ni rápido, ni lineal. Implica oscilaciones entre:
momentos de dolor y tristeza
momentos de desconexión o anestesia
momentos de calma relativa
momentos de culpa
momentos de risa sin esperarla
No existe una “forma correcta” de vivirlo, pero sí hay ciertos movimientos que suelen aparecer de forma natural:
1. Integrar la realidad de la pérdida
No a nivel intelectual (“sé que ha muerto”), sino a nivel profundo (“ya no está aquí y mi vida va a seguir”). Ese aterrizaje lleva tiempo.
2. Conectar con el dolor
Llorar, recordar, enfadarse, sentir injusticia, hablar de la persona…
El dolor se mueve: aparece, se atenúa, vuelve. Eso es normal.
3. Reorganizar la vida
La persona empieza a retomar actividades, tareas, relaciones, rutinas.
4. Reconstruir significado
Algunos se acercan a la espiritualidad, otros a la familia, otros al sentido vital, otros al trabajo. No hay una única vía.
El duelo común no elimina el dolor, pero permite que el vínculo con la persona fallecida se transforme y que la vida pueda continuar con esa ausencia integrada.
Duelo patológico: cuando el proceso se detiene
El duelo se considera patológico (o complicado / prolongado) cuando el proceso se estanca y la persona queda atrapada en una forma de relacionarse con la pérdida que le impide avanzar. No hablamos de plazos fijos —no existe un estándar exacto— sino de impacto y rigidez.
Algunas señales que orientan hacia un duelo patológico:
la persona evita todo lo relacionado con el fallecido (lugares, fotos, conversaciones)
o, al contrario, se aferra de forma rígida (no cambia nada, no permite que nada se mueva)
hay culpa intensa (“si hubiera hecho X, estaría vivo”)
hay resentimiento (“me abandonó”, “la vida me quitó todo”)
persisten ideas de inutilidad o pérdida del propósito
el dolor no se amortigua con el tiempo, sino que domina la vida
aparecen síntomas depresivos severos
dificulta el funcionamiento diario (trabajo, estudios, autocuidado)
el mundo se percibe como permanentemente inseguro o injusto
Aquí el problema no es el dolor en sí, sino cómo el duelo interfiere en la capacidad de vivir.
¿Qué diferencia realmente al duelo común del duelo patológico?
Si tuviera que resumirlo de forma muy clara:
En el duelo común, el dolor se mueve.
En el duelo patológico, el dolor se fija.
O dicho de otra manera:
En el duelo común, la persona oscila entre enfrentarse al dolor y descansar de él.
En el duelo patológico, la persona permanece atrapada en uno de los polos: o evita todo, o se sumerge completamente en el dolor sin espacio para nada más.
Factores que aumentan el riesgo de duelo patológico
No siempre depende del vínculo (aunque influye). Algunos factores que pueden predisponer:
muerte repentina o traumática
muerte de un hijo
relación ambivalente o conflictiva con el fallecido
culpa real o imaginada
duelos no resueltos previos
falta de apoyo social
trastornos depresivos o ansiosos previos
situaciones de dependencia emocional
No es una lista para diagnosticar, sino para entender el contexto.
Cómo se acompaña un duelo en terapia
El objetivo no es olvidar ni sustituir, sino:
permitir sentir lo que está bloqueado
dar espacio a emociones que quedaron fuera (rabia, culpa, amor, miedo)
trabajar la culpa (que muchas veces es una forma de imaginar control)
reconectar con el presente
explorar el significado que tenía la relación y lo que queda de ella
volver a construir proyectos en un mundo donde esa persona ya no está
La intervención varía según el caso, pero suele girar en torno a flexibilizar el proceso, no a precipitarlo.
El entorno: lo útil y lo que complica
El entorno juega un papel enorme. Algunas cosas que suelen ayudar:
presencia (estar, sin necesidad de decir nada “correcto”)
ofrecer ayuda concreta (gestiones, acompañamiento, tareas pequeñas)
permitir que la persona recuerde sin forzar y hable sin corregir
respetar ritmo y momentos
Lo que suele complicar:
frases que intentan cerrar el proceso (“ya es hora de pasar página”)
minimizar el vínculo (“era muy mayor”, “al menos no sufrió”)
consejos rápidos (“tienes que distraerte”)
evitar la conversación por incomodidad
El duelo no necesita ser arreglado, necesita espacio.
¿Cuándo es importante pedir ayuda?
Puede ser un buen momento para consultar si:
han pasado muchos meses y la vida sigue completamente bloqueada
hay culpa intensa que no se atenúa
se evita cualquier contacto con recuerdos
hay aislamiento severo
aparecen ideas de muerte (no siempre suicidas, a veces como deseo de “estar con el otro”)
se pierde el propósito vital
el duelo va acompañado de síntomas depresivos severos o TEPT
Pedir ayuda no es rendirse, es dejar de hacerlo en solitario.
Regla de oro
El duelo no necesita prisa ni soluciones fáciles. No hay métricas universales para saber si alguien “va bien” o “va mal”. Lo que sí podemos observar es cómo afecta a la vida: si permite seguir adelante a pesar del dolor, o si la deja suspendida.
Entender esta diferencia no es para juzgar a nadie, sino para abrir la puerta a acompañar mejor, y a pedir apoyo cuando el camino se vuelve demasiado estrecho.
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